Acervos amerindios para terraformar la Tierra


Desde mediados del siglo XX, potenciada por los alcances de programas espaciales protagonizado por las potencias mundiales durante la Guerra Fría, la especulación literaria y científica dio lugar para imaginar la creación de condiciones propicias para la vida humana en otros planetas, emulando a las imperantes en la Tierra. Terraformar a otros planetas fue tema de congresos, mesas de diálogo y discusión, programas de debate en medios masivos de comunicación. La posibilidad de colonización interplanetaria permitió en no pocas ocasiones, elaborar versiones de un futuro para la especie sin los rastros de conquista y negación de la alteridad que acompañaron a las historias terráqueas.
El término terraformación fue acuñado por Jack Williamson en un breve cuento publicado en 1942 titulado “Collision Orbit” que, más tarde, apareció en el año 2000 en la traducción al español del libro The Ultimate Earth, renombrado Terraformar la Tierra¸ cuya trama no es otra que la de una serie de clones humanos buscando recuperar las condiciones de habitabilidad del extinto planeta azul, caído en catástrofe por la colisión de un asteroide, implicando una serie de ensayos que no en pocas ocasiones son particularmente trágicos. Llama la atención que el viraje que experimentó la pluma de Williamson para terraformar la Tierra –más que a otros planetas– es el mismo que hoy enfrentamos al perder los límites planetarios del Sistema Tierra que, más que llevarnos a una especulación interestelar, nos ancla a las condiciones en que habremos de fabricar sobre la atmósfera, el paisaje, la biodiversidad y la geología para mantener los mínimos necesarios que nuestra especie –y muchas otras– solicitan.
Especialistas de toda clase hacen eco de ello, promoviendo agresivos proyectos de geoingeniería cuyas implicaciones geopolíticas y geotecnológicas no dejan de causar suspicacia, más al tener en cuenta que los agentes de la posible intervención no son otros que grandes corporaciones que hoy vulneran la soberanía de numerosos países. Y es que en ello vale la pena tener presente la advertencia de historiadores que han señalado como la terraformación experimentada en tierras coloniales, como la de las islas Banda en Indonesia, tal como da a ver Amitav Ghosh en La maldición de la nuez moscada, no se ejerció sin sangre y exterminio. Es por ello que habrá que leer entre líneas los estudios botánicos que Alfred W. Crosby consigna en 1972, cuando refiere que de 640 plantas importantes cultivadas, por lo menos 500 tienen origen en el Viejo Mundo y sólo 100 en el Nuevo, efecto ya no de un intercambio entre diversos, sino producto de subordinación y negación ecocida. La escala y los diferenciales de poder con los que se pretenden implementar las innovaciones geotecnológicas requieren principios precautorios que no sobran cuando de la habitabilidad planetaria se trata.
Por otra parte, destacan etnografías que muestran cómo en la Sierra Norte de Puebla, por ejemplo, bajo prácticas maseual [náhuatl] en Tepetzintla, se registra un paisaje vivo en el que cohabitan numerosas formas de vida que escapan al par de oposición sujeto-objeto, agente-paciente, donde Alessandro Questa afirma que “las concepciones maseual del paisaje o del mundo no parten de tales dicotomías de dominación de la otredad o de su alienación. El mundo es concebido desde su alteridad feminizada o masculinizada, mientras es conformado por diversas agencias socializantes que lo mantienen en proceso de continua subjetivación” (Montañas que danzan. Laboratorios maseual para el mantenimiento del mundo, 2023, p. 22). Un mundo animado que requiere protocolos y diplomacias para interactuar con él, es decir, que impone cuidados.
Pareciera entonces que los manejos territoriales de pequeños productores amerindios, atravesados por complejos biodiversos alterados por relaciones sociales que incluyen a más-que-humanos, habilitan acervos que operan una terraformación cuya escala posibilita intervenciones colectivas fértiles para la vida en plural. Ello toma aún más potencia al constatar como muchas de estas poblaciones son las protagonistas de defensas territoriales en curso, como las que enfrentan a megaproyectos que impactan de forma contundente no sólo grandes extensiones territoriales, como sucede con los antagonismos a la minería a cielo abierto, sino incluso aquellas que enfrentan la extracción de hidrocarburos no convencionales cuyas implicaciones son legibles en el calentamiento global.
En un momento definitorio en el que los puntos de no retorno planetario están siendo superados, poner en la mesa la potencia de prácticas vernáculas como las que ejercen los pueblos originarios de nuestro continente no sólo implica una justa reivindicación histórica, sino también, la disputa por modos de terraformación para la vida humana y más allá de ella.




