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Covarrubias, el artista mexicano más polifacético del siglo XX

  • Foto del escritor: Nohemy García Duarte
    Nohemy García Duarte
  • 6 ago 2025
  • 4 Min. de lectura

Caricaturista, dibujante, ilustrador, pintor, diseñador teatral y de coreografías dancísticas, investigador etnográfico y antropológico, además de museógrafo, docente y funcionario público, Miguel Covarrubias, cariñosamente llamado entre sus amigos “el Chamaco”, realizó todas estas actividades profesionales de manera sobresaliente en el México de las primeras décadas del siglo XX e incluso fuera del territorio nacional. Su legado y aportaciones estéticas ahora son motivo de la exposición “Una mirada sin fronteras”, recientemente inaugurada en el Museo del Palacio de Iturbide, en el corazón del centro histórico de la Ciudad de México.


La exhibición está organizada en núcleos temáticos según las diferentes vertientes artísticas a las que Covarrubias se dedicó en su corta vida, pues falleció prematuramente a la edad de 53 años, víctima de una complicación diabética. De formación autodidacta por decisión propia, pues el autor nació en 1904 en el seno de una familia de clase media alta, a los catorce años de edad abandona su formación escolar e incursiona en el campo laboral como dibujante de mapas en la Secretaría de Comunicaciones del México posrevolucionario. Más tarde ingresa a colaborar en redacciones periodísticas de la época, entorno que le facilita su vinculación con pintores del muralismo mexicano, y en donde realiza sus primeras colaboraciones gráficas en la prensa, que llaman la atención por su soltura de trazo, su creatividad y agudeza visual para aprehender, con sentido estético, la realidad social en la que se desenvuelve.



Una experiencia relevante para el desarrollo artístico de Miguel Covarrubias fue su estancia de más de una década en los Estados Unidos, en particular en Nueva York, donde se interesó por manifestaciones culturales populares y artísticas de origen afroamericano como el blues, el jazz y la danza, por lo que frecuentó el barrio de Harlem. También entró en contacto con movimientos estéticos y antropológicos emergentes como el difusionismo cultural, que creía en la propagación de creencias, prácticas y conocimientos entre los grupos sociales a partir de un centro cultural. Una derivación de esta visión fue la geografía cultural y su aplicación a la cartografía y al arte a través de los mapas culturales que ilustran, de manera didáctica, los recursos naturales y aportes de asentamientos humanos agrupados en áreas culturales territoriales.


En este contexto histórico, y con el apoyo de la Fundación Guggenheim, que en 1934 le otorga una beca, Covarrubias lleva a cabo un proyecto de campo en Asia meridional para dibujar, pintar y realizar investigaciones etnográficas en la isla de Bali. Esta vivencia contribuye a que años después, en 1937, lo contraten para diseñar los seis mapas murales exhibidos en la Exposición Internacional del Golden Gate, en San Francisco, California.


Ya de regreso a México, Miguel Covarrubias continuó cultivando sus mismos intereses intelectuales, pero ahora motivado por los grupos étnicos asentados en el territorio nacional. Esta afición profesional congenió con la política cultural del Estado mexicano de la época, interesada en arraigar una identidad nacional sustentada en el arte prehispánico y las culturas mesoamericanas.



La exposición Una mirada sin fronteras, que por cierto recuerda a otra realizada en 1987 en el Centro Cultural Arte Contemporáneo de la Ciudad de México, en la que igualmente se destacaba la “versatilidad artística y el pensamiento (…) cosmopolita del artista mexicano”, según nos recuerda la historiadora del arte Rita Eder, ofrece ejemplos representativos del trabajo de Miguel Covarrubias en las diferentes disciplinas estéticas en las que incursionó. En la plástica destacan el hermoso óleo Vendedora de flores (1945), y la pintura de técnica mixta Emiliano Zapata. En el dibujo, llaman la atención los retratos de Agustín Lara y el de Benito Juárez, ambos realizados con la técnica de acuarela sobre papel. También resultan muy atractivas las pinturas y los dibujos alusivos al Harlem neoyorkino, al pueblo de la Isla de Bali y a la reivindicación de la negritud con perspectiva artística.


El humor y la ironía son elementos que Covarrubias también cultivó en sus trabajos artísticos. Por ejemplo, la obra titulada El hueso, pintura realizada en referencia a la cultura de los políticos mexicanos de aferrarse a un hueso como sinónimo de retener un empleo en el gobierno. Pero, sin duda, la sección más espectacular es la de sus mapas culturales, que reproduce las gigantescas y coloridas cartas geográficas del océano Pacífico y de todo el mundo, en las que recrea el arte popular de los pueblos y culturas originarias de cada región.



Las aportaciones de Miguel Covarrubias en el ámbito cultural han sido reconocidas por el Estado Mexicano de distintas maneras, puesto que una de las salas de la zona cultural de la UNAM lleva el nombre de este artista; y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) creó, en 1939, el Premio Miguel Covarrubias, que se otorga cada año para reconocer los trabajos de investigación y difusión de la cultura mexicana más destacados.


Una mirada sin fronteras es una exposición muy interesante y diversa que nos recuerda los logros alcanzados por un mexicano más allá de su lugar de origen. Con gusto recomiendo esta muestra que estará abierta al público hasta el 21 de septiembre de este año en horario acostumbrado de museos.


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