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Cuando ella se somete, nos someten a todas

  • Anabel Rodríguez
  • 30 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Nos prometieron algo histórico.

Nos dijeron: “Si llega ella, llegamos todas”.

Y muchas lo creímos. No por ingenuas, sino por hambre de justicia.


Hoy duele decirlo, pero hay que decirlo con todas sus letras: no llegamos.

Y no porque el sistema sea más fuerte —eso ya lo sabíamos—, sino porque quien llegó decidió no romperlo.


Claudia Sheinbaum no llegó como una mujer libre.

Llegó como una mujer elegida para no incomodar, diseñada para no rebelarse, colocada quirúrgicamente en el lugar exacto donde no pudiera moverse sin permiso.


Y eso es lo más doloroso para quienes somos mujeres.


No fue un error. Fue una jugada maestra.


Andrés Manuel López Obrador no improvisó.

No puso a cualquier mujer.

Puso a la mujer perfecta para no traicionarlo.


Una mujer con trayectoria, sí. Con disciplina, también.

Sobre todo, una mujer entrenada para no desobedecer cuando el poder patriarcal se vuelve injusto.


AMLO entendió algo que muchos hombres entienden muy bien:

que el control más eficaz no se ejerce con fuerza, sino con lealtad inducida.


Y así, sin tanques ni golpes, perpetuó su poder.

No sólo el suyo, también el de sus herederos.

También el de su proyecto personalísimo.


¿Y nosotras?


Nosotras, las que votamos esperando un quiebre.

Nosotras, las que creímos que una mujer en la silla más alta iba a cambiar el tono, el fondo, la ética.


¿Qué mensaje nos queda?


Que incluso cuando una mujer llega al máximo poder: si obedece a un hombre, no es poder. Si no se atreve a romper, no es liderazgo. Si administra la continuidad del patriarcado, no es feminismo.


¿Y entonces qué esperanza queda para la mujer que vive sometida a un esposo que decide por ella, la madre buscadora que suplica justicia y recibe silencio, la profesional brillante a la que nunca le ceden el puesto, la feminista que lleva décadas huyendo justo de este modelo donde la mujer obediente legitima al hombre poderoso?


Esto no es sólo decepción política. Es traición simbólica.


Porque cuando la mujer más poderosa del país actúa como ejecutora de la voluntad de un hombre, el mensaje es brutal:


“Ni siquiera ahí eres libre.”


Y eso cala más hondo que cualquier discurso machista tradicional.

Porque viene disfrazado de avance, de paridad, de progreso.


Nos dijeron: “Es tiempo de mujeres.”

Pero lo que vemos es tiempo de mujeres funcionales al poder masculino.


Y eso —perdón— no es el futuro por el que luchamos.


El feminismo no era esto.


No luchamos para ocupar sillas sin moverlas, ni marchamos para administrar el silencio.

No arriesgamos el cuerpo para que, al final, una mujer nos demuestre que el techo de cristal puede ser decorado de rosa, pero sigue siendo techo.


El feminismo siempre fue valentía. Y hoy lo que vemos desde la Presidencia es miedo. Miedo a romper.

Miedo a traicionar al mentor. Miedo a ejercer el poder real.


Y lo más grave es normalizar la sumisión. Porque si ella se somete, el sistema nos dice que es normal, que es prudente, que es “estratégico”. Pero no.

Es cobardía política con consecuencias colectivas.


Y duele decirlo porque muchas queríamos creer.

Pero más duele callarlo.


No llegamos todas. Y eso también hay que decirlo.


No llegamos.

Porque ella llegó sola, y llegó atada.


Y mientras no haya una mujer dispuesta a desobedecer al patriarcado, incluso cuando venga disfrazado de izquierda, no habrá verdadero cambio.


Habrá continuidad.

Habrá simulación.

Habrá mujeres usadas como escudo moral. Pero no libertad.


Y eso, desde el feminismo, no se aplaude.

Se señala.

Se grita.

Se escribe con enojo.


Porque el silencio —otra vez— nunca ha sido opción para nosotras.

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